febrero 02, 2009

La historia de muchas historias...

Éramos los personajes de una historia cualquiera, inventada acaso en una tarde de esas en que la lluvia cesa un instante para darle respiro a la tormenta sin ponerle fin a su agonía. Basta con decir que en aquel entonces vivíamos ignorándonos -con recíproca correspondencia- en la inmensidad de la ciudad, entre los titulares de los periódicos y el caos global. Habíamos recorrido las mismas calles, miles de veces, sin alcanzar a reconocernos. En nuestro mundo cotidiano de tiritas de papel, nos ocultábamos tras nuestros disfraces y rituales habituales como remedio a la insoportable aflicción de encontrarse partido a la mitad. Vos tenías unas gafas negras y yo un suéter rojo de rayas. Fue también en esa época en la que, intuyéndonos como parte del otro, contemplábamos el cielo de cara al infinito dándole paso al tiempo y cabida a la soledad. Cierto, vos preferís el susurro de la noche del espacio sideral y yo el rayito de sol que quema mientras se desfiguran las nubes allá a lo lejos. Llevábamos ya varios años en eso de deleitarnos con los contornos imaginarios. Había que ver cómo nos desvelábamos fantaseando el beso que corta el aire y detiene la respiración. Compartíamos, también sin saberlo, la entrañable certeza de encontrarnos en algún sitio en medio del desierto, en esas calles que terminan en puente o por qué no, en un autobús. Por un descuido tropiezo, te vi mientras caminabas por el pasillo con tus medias blancas y zapatos negros, en medio de una aburrida reunión de enfermeras, en el café de siempre. Pero como en toda historia inventada, no se hace esperar el fatalismo cínico que nos condena a la cuerda floja. Como hechizado por un despiadado designio, diste media vuelta, saliste por la puerta, bajaste las escaleras, te detuviste unos segundos mientras te acomodabas la bufanda -hacía frío esa tarde- y te fuiste en dirección al este. Mientras que yo, desplomada todavía en el suelo, confabulando también contra mi propio destino, inmóvil, pensando minutos después en lo injusto que puede ser la intemporalidad en ocasiones en las que se te paraliza el cuerpo por completo mientras el tiempo vuela y él desaparece. Historias como ésta suceden a diario. Sé que han pasado años desde la última carta que recibiste y posiblemente aún estés esperando el día en que llegue inesperadamente a tu casa para quedarme. Sí, yo sé, a mí también me hacen falta nuestras discusiones acaloradas sobre el ser y la nada, las duchas compartidas, nuestros desayunos en el parque -aún cuando se está a 12 grados, porque los dos necesitamos aire-, el reencuentro en París y otros muchos viajes a lugares que jamás pensaste en conocer y los planes futuros... Cómo hubiera querido que en ése momento voltearas hacia mí y me dieras la mano para levantarme del suelo...estaríamos ahora probablemente juntos, bromeando sobre cómo el tropezarse te cambia la vida.

4 comentarios:

  1. será fulanito...o menganito.. en todo caso, cómo cambia la vida el tropezarse

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  2. Tropezarse, despicharse, desfigurarse, enamorarse, reconstruirse, esperanzarse e incluso volverse a desmoronar… todo por un pequeño encuentro casuístico, una historia o un drama. Son muchas historias…

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  3. De fijo que ésta es la historia de muchas historias.
    Leí el blog de arriba para abajo para terminar en este pequeño "largo" cuento y fué el que más me envolvió y disfruté.
    Es fácil identificarse!

    Definitivamente estás enamorada de la soledad ó ella de vos.

    Claudio

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  4. Me dejaste pensando en eso último...gracias Claudio!

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